¿Hasta donde puede arrastrarnos la fama? ¿Qué poderío se esconde detrás del ansia, de la necesidad de mostrar que somos alguien? Empezar a ser famoso no parecería ser lo difícil, sino el dejar de serlo.
Exhibición de fotos sensuales en red; páginas que hablan de cómo somos; cámaras mostrando todo; el minuto a minuto del Chat; los reality shows… ¿Qué parte de todo esta exposición es propio de nosotros y que parte es heredada de lo que vivimos como sociedad? Los psicólogos explican, haciendo referencia a los adolescentes, que necesitan hacerse ver, mostrarse, porque en los días que corren el cuerpo se desarrolla antes que la mente, entonces se limita la capacidad de refrenar los impulsos de mirar y ser mirados solo como objetos.
¿La familia puede educar en esta vertiente de imágenes cuando observamos que las madres prácticamente compiten con sus hijas en indumentaria, presencia y juventud? ¿Puede simplemente la voluntad de los padres contra una tecnología que los supera?
La sociedad también funciona como fomento de liberación del yo. Sabido es que los famosos que pasan demasiado tiempo sin ser noticia, contratan a fotógrafos para que los siga durante un día y así documentar las imágenes que invadirán las tapas de revistas, simulando espontaneidad y foto periodismo. O podríamos también mencionar a la infinidad de personas que son populares sin ser actores, ni músicos, ni humoristas, ni nada. Están ahí, en la pantalla, nadie sabe porqué, pero están insoportablemente. El mundo reclama fama, nosotros ser vistos. Ecuación perfecta para mostrar lo que somos, para intentar “ser alguien”. Si el hecho no sale en los medios, no es noticia. Ver para creer, aparecer para existir.
Llegamos a la insólita situación de ver diarios íntimos en formato blogs, ¿de qué intimidad hablamos?
Entablar algún tipo de relación personal con alguien se presenta cada vez más dificultoso. Podemos argumentar falta de tiempo; vidas vertiginosas; sumisión tecnológica; consumismo exacerbado; satisfacción inmediata sin reflexión y momentánea; etc. Así vivimos, por momentos, en una especie de soledad compartida con el mundo, pero soledad al fin. Comunicados pero incomprendidos. Relacionándonos pero sin conocernos. Uno al lado del otro, pero cada uno en su burbuja.
En la actualidad el personaje de Platón no querría salir de la caverna, no correría semejante riesgo, si total lo tiene todo, lo ve todo ahí sentado, en su refugio con Wi-Fi.